16 de febrero de 2012


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28 de agosto de 2011

Nada

Sol afuera, frío en casa. Té rojo, Nick Drake, memorias de lucha obrera y la puta perra que muerde la manga de la chaqueta mientras se sostiene a dos patas.

Se anota, para un futuro libro de aforismos: la felicidad es una mezcla a partes iguales de contradicciones íntimas y tópicos de revista femenina de tendencias.

22 de agosto de 2011

Menos

En uno de los impulsos que le llevan a leer algo, saltuaria e insuficientemente, sobre alguno de los cuatro millones de temas que tiene pendientes, hace una rápida búsqueda en la biblioteca de la universidad sobre la cuestión del decrecimiento. Se apunta un texto de Carlos Taibo, que resulta ser, descubre, un folleto; un panfleto, quizás: opúsculo de carácter agresivo, según la RAE.

No tiene nada en contra del género. Agradece la claridad y ese punto proselitista que atraviesa el caparazón de su desidia, y el sentido de las ideas que defiende el librito se impone por sí mismo. Hasta que llega al siguiente párrafo sobre lo que Taibo denomina efecto rebote:

Acumulemos esos ejemplos: lo que se ahorra al introducir bombillas de bajo consumo se destina a pagar un viaje al Caribe que obliga a consumir mucha más energía de la inicialmente ahorrada; como quiera que los trenes de alta velocidad nos llevan con enorme rapidez a muchos lugares, tendemos a viajar más lejos y a hacerlo más a menudo, con lo cual consumimos, de nuevo, más energía; al estar nuestras viviendas mejor aisladas, el ahorro correspondiente lo destinamos a adquirir un segundo automóvil, con las secuelas esperables; la conciencia de los efectos dramáticos del caluroso verano registrado en 2003 en buena parte de Europa se tradujo en muchos casos en la compra de aparatos de aire acondicionado que tienen un impacto desastroso sobre el medio; la proliferación de los ordenadores no se ha traducido en un consumo menor de papel, toda vez que ha incitado a asumir nuevas tareas que antes eran impensables; la extensión, en fin, del air bag en los vehículos se ha traducido en un incremento en el número de accidentes, de resultas de los riesgos, mayores, que asumen los conductores.


Perdón?

El sol que acaricia los dedos de sus pies se vuelve menos agradable, y el banco de la plaza menos cómodo. De vuelta a casa, sostiene la puerta para que pase una vecina; ella entra en el ascensor sin mediar palabra y parte sin esperarle. Sube por las escaleras, con el día definitivamente ensombrecido.

15 de agosto de 2011

Hitch y el recuerdo

Una noche caza en la tele una de Hitchcock que no ha visto aún. Se recuesta en el sofá y se dispone a disfrutar de la velada, hasta que descubre, horrorizado, que Crimen perfecto no le gusta nada: le parece torpe, lenta, extremadamente poco visual. No un Hitchcock menor; una mala película. Se queda francamente preocupado.

Cuando, a los pocos días, se topa con el inicio de Psicosis en el mismo canal, se fuerza a sí mismo a un experimento: comprobará si esos cincuenta minutos iniciales le fascinan tanto como siempre. Si no es así, no le quedará otro remedio que constatar que es él el quien ha cambiado; como espectador, al menos. 

Nunca ha entendido Psicosis como una película de terror. La trama criminal y las florituras psicoanalíticas le parecen, como en todo Hitchcock, irrelevantes. Normalmente, así hace también en esta ocasión, abandona la película una vez que aparece Martin Balsam a modo de detective privado. Lo que siempre le ha enamorado de Psicosis son los juegos voyeurísticos que se suceden y se superponen; la confluencia de miradas y de placeres culpables; la confesión que es, también, una acusación: él mira, yo miro, tú miras, todos la miramos a ella; el cine como pulsión escópica, como deseo condensado en imágenes fugaces, como violenta y frustrante maniobra de poder. 




Cuando llega la secuencia que, ha creído siempre, condensa la esencia del cine (no del cine de Hitchcock o de un cierto cine; del cine) descubre que su memoria tiene ambiciones de auteur. La esencia es la misma: tras la secuencia de la ducha, y mientras Anthony Perkins limpia los restos de su arrebato, descubre que se ha quedado solo; no existen ya personajes que filtren nuestra mirada sobre ese cuerpo femenino definitivamente cosificado por la muerte; es, ha sido siempre, el que mira, posee y destruye. Sin embargo, remontando y alterando el ritmo original, su imaginación había transformado un montaje con la precisión de un cirujano y la crueldad de un Bresson, en un único plano secuencia con un leve travelling en retroceso.

No está seguro de si prefiere la versión original o la deformada por el recuerdo. Cualquier día, piensa, le dará por revisar los vagabundeos de Monica Vitti por Roma y descubrirá que, en realidad, Di Venanzo y Antonioni la filmaron a ritmo de rock'n roll.

8 de agosto de 2011

Mozzarella y pandereta

Un artículo en Exit sobre la Biennale, el pabellón italiano y el inefable Vittorio Sgarbi le recuerda tanto el cotidiano absurdo que caracteriza la vida cultural (o no) transalpina que lo transcribe casi por completo en la  sala de la biblioteca:

A Vittorio Sgarbi, el comisario del pabllón italiano, le acompaña últimamente en sus apariciones públicas una bellísima y exultante porno-star italiana. Anteriormente lo hacía una impresionante transexual pelirroja. No es necesario decir que Sgarbi considera a sus partenaires toda una provocación, y nada mejor para un comisario que ir provocando... Pero ¿adónde va un comisario de exposiciones que necesite continuamente provocar? Bien, en el caso del proffessore Sgarbi no se trata de tomarse un vino en la inauguración de un centro que dirige, o acudir a la llamada de un galerista descubridor de nuevos talentos. No, en su caso, se trata de acudir a una recepción de índole política en el Quirinale o de ser entrevistado en un programa de televisión en prime time, en el que irá desgranando, a golpe de flequillo, una hilera de pensamientos a cada cual más radical, hasta toparse con alguna auténtica perla, digna de ser hilvanada por algunos de sus compatriotas los futuristas.

Vittorio Sgarbi es excesivo, grosero, pasional, seguramente muy inteligente, y un gran amante del arte, aunque, hasta la fecha, no del entendido como contemporáneo. Es, sobre todo, un auténtico showman al que le encanta levantar grandes polémicas.

Aunque no haga falta explicar que el reconocimiento de Sgarbi en Italia no es un reflejo directo de su labor en ámbito artístico -sí, entendido también este de manera absolutamente convencional- es paradójico que la gran parte de los italianos sepan que Sgarbi se dedica a esto de hacer exposiciones y escribir libros de arte. Incluso pueden considerarle una eminencia en este campo, principalmente los que le ven en televisión recitando, henchido de sí, agudos discursos de altos vuelos, hablando y valorando (porque él nunca pretende ser imparcial) algunas obras de arte, generalmente datadas en el Renacimiento y el Barroco. Por ejemplo, cuando le llamaron para que formara parte del jurado del programa El italiano más importante de todos los tiempos, defendió con tanto brío y buen hacer la candidatura de Caravaggio y Michelangelo, que recibieron más votos que el portero de la actual selección de fútbol.



Como no podía ser de otra manera (les recuerdo que estamos en Italia), fue al mismo tiempo que comenzó a ser un personaje televisivo, hablamos de los primeros 90, cuando empezó su carrera política. Primero con los comunistas, luego con los socialistas, después como diputado con Forza Italia... (...) En la actualidad estaba esperando recibir su nómina como director de la Sporaintendenza del Polo museale (es decir, supervisor de varios museos de Venezia, como la Accademia o el Ca d'Oro), cargo que por incompatibilidades no ha podido confirmarse. Consiguiente enfado monumental. Sucesiva rabieta y dimisón de la dirección del Pabellón de Italia en la Bienal, y como cabía esperar (seguimos en Italia), llamada personal del presidente Berlusconi, que le pida que siga al pie del cañón. Y todo esto a menos de un mes para la inauguración de la Bienal.

Finalmente Vittorio hizo caso a Sivio, con gran pesar de mucho, y volvió al redil. A los dos días concedió una rueda de prensa, en la que, por fin, explicó el proyecto expositivo más megalómano que habrán oído en su vida. Se trata de un delirio colectivo de más de 200 artistas con el título de L'arte non è cosa nostra, haciendo un ingenioso juego de palabras con la manera en la que se conoce a la Mafia, con el que Sgarbi quiere dejar patente su postura contra el poder que los críticos y los comisarios ostentan en este país (mafia de la que él no forma parte, obviamente). Para ello, ha "anulado" su ya tradicional poder de decisión, invitando a 200 intelectuales a que elijan la obra de otros 200 artistas para exponerla en el Pabellón Italia en el Arsenale (por supuesto en la conferencia ironizó sobre que en la edición anterior hubieran sido seleccionados "sólo" 19 artistas, y en la anterior a esta, dos: Penone y Vezzoli). Pero dado que el espacio del pabellón es poco para albergar el proyecto curatorial italiano más importante desde que Bernini decorase la Basílica de San Pietro, Sgarbi ha pensado que la Bienal no termina en la laguna, sino que toda la bota es en realidad una gran sala de exposiciones: más de 27 sedes (desde el Castillo de Novara hasta las Academias de Bellas Artes y otras muchas todavía sin definir) expondrán todos los artistas italianos (o casi todos) que no han tenido cabida en Venezia. 

Pero hay más. Por si la Península se le queda pequeña, el Ministerio de Asuntos Exteriores ha habilitado un circuito de video en todas las sedes del Instituto Italiano de Cultura, en los que habrá exposiciones de todos los artistas italianos que residen en el extranjero.Y no se sorprendan cuando lleguen a Venecia y vean que hay una exposicion, en este caso de artistas extranjeros que viven en Italia, instalada en botes de goma flotando delante de los giardini. Ha sido Sgarbi: la Bienal es suya.

Celia Díez. L'arte non è cosa nostra.